Se cogieron a su tía desesperada en la cena familiar de Año Nuevo – Continuación


Relato erótico con mi Tía desesperada

Hola soy Tania, este relato es continuación de un relato anterior, si no lo has leído puedes hacerlo aquí: https://www.relatosconfotos.com/se-cogieron-a-su-tia-desesperada-en-la-cena-familiar/

Después de lo que había pasado la vez anterior en la cena familiar —cuando Joel y Marcos la habían usado como una puta desesperada en el baño, llenándola de semen mientras ella gemía de placer—, no podía dejar de pensar en ello. Día y noche revivía los recuerdos: las vergas duras entrando en su boca y su coño, el semen caliente brotando dentro de ella, los gemidos que no podía contener. El deseo la consumía, la mantenía despierta y mojada, y esta vez decidió vestirse muy atrevida para tratar de llamarles la atención otra vez, para ver si los chicos volvían a tomarla como antes.

Su cabello castaño largo y ondulado caía en cascadas suaves sobre sus hombros, con reflejos rojizos que brillaban como sangre fresca bajo las luces navideñas. Llevaba un vestido negro de tela satinada que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel: el escote en V profundo dejaba ver el valle entre sus tetas medianas pero firmes, que se movían ligeramente con cada respiración o paso, atrayendo miradas como imanes. El sujetador de encaje negro apenas las contenía, y la tela del vestido era tan fina que se marcaban los pezones duros como diamantes cuando se excitaba. La falda era corta, apenas por encima de la mitad del muslo, dejando ver sus piernas largas y suaves cubiertas por medias negras transparentes que subían hasta las rodillas, con un liguero oculto que le apretaba la carne y le hacía sentir puta. Tacones altos de aguja que acentuaban sus caderas anchas y curvilíneas, haciendo que cada paso fuera un contoneo invitador. Debajo: una tanguita negra diminuta, apenas un hilo que se perdía entre sus nalgas y que ya estaba empapada desde que salió de casa, pensando en lo que podría pasar esa noche.

La tia Gabriela llegando a la cena de fin de año

Llegó a la casa de su hermana Clarisa con una botella de vino caro y una sonrisa que escondía fuego. Clarisa la abrazó en la puerta, pero desde el primer segundo notó algo raro: su hermana estaba más agitada de lo normal, sus mejillas ya sonrojadas (y no solo por el frío), los ojos brillantes con un fuego extraño, y ese escote que parecía más pronunciado que en cualquier otra ocasión. «Gabriela, ¿qué te pasa? Te ves… rara. Y ese vestido… se te ve demasiado«, regañó Clarisa en voz baja, frunciendo el ceño mientras la veía entrar contoneando las caderas, el vestido subiéndose un centímetro con cada paso, dejando ver el borde del liguero. Gabriela sonrió, ajustándose el escote con un gesto casual que hizo que sus tetas se asomaran un poquito más, el valle entre ellas captando la luz y atrayendo miradas. «Estoy perfecta, hermana. Solo emocionada por el Año Nuevo», respondió con voz ronca, pero Clarisa no quedó convencida. «No me gusta cómo te ves hoy. Estás como… exaltada. Y no es normal que vengas con escote tan abierto a una cena familiar. Compórtate, por favor», insistió Clarisa, pero Gabriela solo se encogió de hombros y siguió caminando, su risa más grave y sugerente de lo habitual. No habían pasado 20 minutos cuando Clarisa sacudió la cabeza: «Hermana, te veo inquieta desde que llegaste. Ese escote es demasiado, y estás bebiendo ponche como si fuera agua. Cuídate, que hay niños».

clarisa
Su hermana Clarisa, una mojigata decente y bien portada

La cena empezó con la familia reunida: el cuñado(Esposo de Clarisa) contando anécdotas, el abuelo sirviendo ponche con licor extra fuerte, los niños jugando con petardos en el patio. Joel y Marcos llegaron juntos, ambos con camisas oscuras que marcaban sus cuerpos jóvenes y musculosos. Joel, con 23 años, tenía el cabello corto y una sonrisa que escondía secretos; Marcos llevaba una cadena plateada que brillaba bajo la luz, y sus pantalones ajustados dejaban ver un bulto prometedor. Cuando saludaron a Gabriela con besos en la mejilla, ella sintió el roce de sus labios y un escalofrío le recorrió el cuerpo, directo al clítoris. «Tía, qué guapa vienes hoy», murmuró Joel al oído, su aliento cálido rozando su oreja y bajando por el escote. Marcos agregó un guiño discreto, sus ojos bajando un segundo al escote profundo. Gabriela se sonrojó, pero no se apartó; al contrario, se inclinó un poquito más para saludar, dejando que sus tetas se asomaran un centímetro extra, el sujetador de encaje negro visible por el borde del vestido. Clarisa lo notó de inmediato: «¡Gabriela! ¿Qué haces? Compórtate, por Dios. Te dije que ese escote es demasiado para una cena familiar, cúbrete con algo por favor», regañó en voz baja, pero Gabriela solo sonrió y se ajustó el escote, haciendo que sus tetas rebotaran sutilmente, atrayendo las miradas de los dos chicos como imanes. Clarisa sacudió la cabeza: «No sé qué te pasa esta noche, hermana. Bebe menos ponche, que ya te veo agitada».

Durante la cena, Gabriela robaba miradas con su escote como una maestra del arte. Cada vez que se inclinaba para servir ponche o tomar un pan, el escote se abría lo suficiente para que Joel, Marcos e incluso su cuñado no pudieran quitarle los ojos de encima: el valle entre sus tetas se profundizaba, el encaje del sujetador negro asomaba, y sus pezones se marcaban ligeramente bajo la tela cuando el aire fresco de la ventana los rozaba. Clarisa lo vio varias veces y la regañaba en voz baja: «Gabriela, por favor, cúbrete un poco. Todos te están mirando. ¿Qué te pasa hoy? Te veo coqueta con Joel y Marcos, y no es normal». Gabriela solo sonreía y respondía «Es el ponche, hermana… me pone alegre», pero Clarisa insistía: «No es el ponche, es tu comportamiento. Estás inquieta, cruzando piernas como si… como si estuvieras excitada. Compórtate, por favor, ya te dije que hay niños». Gabriela bebía ponche con licor de más en más, cada copa la ponía más ebria, más caliente. Sus mejillas se sonrojaron, sus ojos se volvieron vidriosos, y su risa sonaba más grave, más sugerente. Clarisa frunció el ceño: «Hermana, si sigues así voy a tener que pedir que te vayas, nosotros somos una familia de bien… ¿Qué pensara de ti mi hijo Joel? El es un muchacho muy bueno e inocente.. así que compórtate de una vez». Gabriela cruzaba y descruzaba las piernas, la falda subiéndose un centímetro más cada vez, dejando entrever la piel suave de sus muslos y el borde del liguero. Clarisa notaba todo: el sonrojo, la risa grave, la forma en que miraba a Joel y Marcos. «No me gusta cómo estás actuando aquí. Te prohíbo que bebas mas ponche», insistía Clarisa, pero Gabriela solo sonreía y cambiaba de tema, su cuerpo temblando de anticipación.

Pasadas las once, Gabriela se levantó con un ligero tambaleo, el vestido arrugado y el escote más abierto de lo decente. «Voy al baño un momento», dijo con voz pastosa, sus caderas moviéndose al caminar, robando una última mirada a los chicos. Joel y Marcos que esperaban con ansias este momento, se quedaron sentados unos minutos antes de seguirla, excusándose con «vamos a ver los petardos en el patio». Clarisa los vio salir y frunció el ceño: algo no le cuadraba. Su hermana había estado rara toda la noche, y ahora los dos muchachos la seguían…

Gabriela entró al baño de visitas, cerró la puerta y se miró al espejo. El alcohol le ardía en las venas. Se mordió el labio, sintiendo cómo su coño palpitaba. Tocó su escote, bajó la mano por su vientre y apretó sobre la tela del vestido. Un gemido suave se le escapó. Tocaron la puerta.

«Tía… somos nosotros», susurró Joel.

Gabriela abrió, ebria y cachonda. Joel y Marcos entraron, cerraron con llave. El espacio era pequeño, el aire cargado.

Sin palabras, Joel la tomó por la cintura y la besó con hambre. Marcos se pegó detrás, subiendo el vestido. Gabriela jadeó, sintiendo las dos vergas duras contra ella. Joel le bajó el escote, liberando sus tetas. Chupó los pezones duros mientras Marcos le metió los dedos en el coño desde atrás. «Tía, estás empapada… el ponche te puso puta», gruñó Marcos. Gabriela gimió, «Sí… ya cójanme por favor, chicos…».

Joel se sentó en el inodoro, se bajó los pantalones. Gabriela se montó encima, su coño tragándose la verga dura. Marcos le metió la polla en la boca. La follaban al ritmo, sus tetas rebotando, el vestido arrugado en la cintura.

Clarisa, preocupada porque su hermana tardaba demasiado y había visto a los dos muchachos seguirla, fue al baño. Escuchó gemidos, jadeos, el sonido húmedo de carne contra carne. Su corazón se aceleró. «Gabriela… ¿estás bien?», llamó. Los sonidos aumentaron. Clarisa intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada. Golpeó con fuerza. «¡Gabriela! ¡Abre ahora mismo! ¡No me gusta esto!»

Dentro, los tres se congelaron un segundo. Gabriela, ebria y al borde del orgasmo, murmuró «Es Clarisa…». Joel y Marcos se miraron. En lugar de parar, Joel le tapó la boca a Gabriela y siguió embistiéndola más fuerte. Clarisa, al no obtener respuesta, buscó la llave de repuesto y abrió la puerta.

Los vio: Gabriela sentada sobre Joel, chupando a Marcos, el vestido subido hasta la cintura, tetas libres rebotando, coño empapado tragándose la verga de su hijo. Clarisa se quedó paralizada en la puerta, el corazón latiéndole en la garganta. «¡¿Qué demonios hacen?! ¡Gabriela! ¡Joel! ¡Marcos! ¡Esto es una locura! ¡Son mi hermana y mi hijo!», gritó, roja de furia y vergüenza. Intentó cerrar la puerta y salir, pero sus piernas no respondían. El alcohol que había bebido y la escena frente a ella la traicionaron: sintió un calor traicionero entre las piernas, sus pezones se endurecieron bajo la blusa, y su respiración se aceleró. «No… no pueden… esto es… ¡deténganse ahora!», regañó con voz temblorosa, pero su cuerpo se quedó quieto, mirando cómo Gabriela gemía de placer.

Marcos se acercó, cerró la puerta con llave y la tomó por la mano. Clarisa intentó apartarlo: «¡Suéltame! ¡No voy a…! ¡Soy casada! ¡Tengo marido! ¡Esto es pecado!», gritó, empujándolo con las manos: «¡Para! ¡No puedo traicionar a mi marido!». Pero Marcos la besó con fuerza, metiéndole la lengua en la boca. Clarisa se resistió al principio, golpeando su pecho: «¡No! ¡Suéltame! ¡Soy la mama de tu amigo! ¡Esto es asqueroso!», pero Marcos no paró. La apretó contra la puerta, le bajó la blusa de un tirón, liberando sus tetas grandes y firmes. Chupó los pezones duros con hambre, lamiendo y mordiendo suavemente, sus manos metiéndose bajo su falda para frotar su coño. Clarisa gimió a su pesar: «No… no…», pero su cuerpo se rindió. Sus pezones se endurecieron más, su coño se humedeció, y un gemido se le escapó: «Ay… no… sí…». La excitación le ganó. Se dejó besar, se dejó tocar, y pronto estaba respondiendo el beso con la misma hambre. «No… no debo… soy casada…», murmuró una última vez, pero ya estaba perdida, sus manos bajando a la verga de Marcos para masturbarla.

Clarisa no pudo con la tentación

Gabriela la miró, ojos vidriosos de placer. «Hermana… únete… es delicioso…». Clarisa, ya rendida, murmuró: «Esto es pecado… pero… sí… no paren… se los suplico». Marcos la colocó en cuatro al lado de Gabriela: las dos hermanas en cuatro, culos en alto, tetas colgando, coños goteando. Joel folló a Gabriela desde atrás, Marcos a Clarisa. Las hermanas se besaban con lengua, tetas contra tetas, mientras los chicos las penetraban con fuerza.

Joel se vino dentro de Gabriela con un gruñido animal, llenándola de semen caliente que brotaba y goteaba por sus muslos temblorosos. Clarisa, montada por Marcos, se vino al mismo tiempo, gritando «¡Sí! ¡Me vengo como nunca en mi vida! ¡No pares!», su cuerpo convulsionando mientras el semen de Marcos le inundaba el coño. Las hermanas gemían juntas, sus gritos de placer resonando en el baño pequeño, mezclados con los jadeos de los chicos y el sonido húmedo de carne contra carne.

Los gemidos eran tan fuertes y desesperados que se filtraron por la puerta cerrada y llegaron hasta el comedor. El esposo de Clarisa (el papá de Joel), un hombre de 50 años robusto y serio, estaba sirviendo más ponche cuando escuchó los primeros gritos. Frunció el ceño, apagó la música de fondo que sonaba suave en el equipo de sonido y se quedó quieto, escuchando. Toda la familia en la mesa se calló de golpe: el cuñado dejó el vaso a medio camino, el abuelo dejó de masticar, los niños se miraron confundidos. Los gemidos de dos mujeres llegando al orgasmo llenaban el aire: «¡Sí! ¡Me voy a venir!», gritaba Gabriela; «¡Más! ¡Que rico!», respondía Clarisa. El sonido era inconfundible: gemidos de placer femenino, jadeos masculinos, el slap-slap de cuerpos chocando.

El esposo de Clarisa se puso rojo de ira. «¡¿Qué demonios es eso?!», gruñó, levantándose de golpe. La familia entera se quedó congelada, escuchando cómo los gritos de las dos mujeres alcanzaban su clímax: «¡Ahhh! ¡Me vengo! ¡Me vengo muy fuerte!» (Gabriela), seguido de «¡Sí! ¡Cógeme! ¡No pares Marcos!» (Clarisa). El cuñado se levantó nervioso, el abuelo murmuró algo sobre «pecado», y los niños se taparon los oídos.

El esposo de Clarisa caminó furioso por el pasillo, su rostro enrojecido y las venas del cuello hinchadas. Golpeó la puerta del baño con el puño: «¡Clarisa! ¡Gabriela! ¡Abran ahora mismo! ¡¿Qué carajos están haciendo?!». Dentro, los cuatro se congelaron. Clarisa, todavía temblando por el orgasmo, empezó a llorar de golpe: lágrimas calientes rodando por sus mejillas mientras se cubría las tetas con las manos. «¡Dios mío… qué hice… soy una sucia… mi marido… mis hijos…!», sollozó, sintiéndose sucia y culpable, el semen de Marcos goteando por sus muslos. Gabriela, ebria y exhausta, intentó consolarla: «Hermana… no llores… fue… fue rico…». Pero Clarisa lloraba más fuerte, «¡Soy una puta! ¡Traicioné a mi marido!».

El esposo, furioso, dio un golpe más fuerte: «¡Abran o rompo la puerta!». Joel y Marcos se miraron aterrorizados. Marcos abrió la puerta de golpe, y el esposo entró como un toro.

Lo vio todo: Gabriela y Clarisa semi desnudas en el piso, vestidos subidos, tetas al aire, coños goteando semen, semen en las piernas, en las bocas, en los pisos. Joel y Marcos con los pantalones bajados, vergas todavía semi duras goteando restos de semen. La habitación olía a sexo, sudor y semen.

El esposo se quedó paralizado un segundo, la furia explotando en su rostro. «¡¿Qué carajos hicieron?! ¡Clarisa! ¡Mi mujer! ¡Y mi hijo… con tu hermana! ¡Y este cabrón!», rugió, señalando a Marcos. Clarisa lloraba desconsolada, cubriéndose como podía: «¡Perdóname, amor! ¡Fue el alcohol! ¡No sé qué me pasó! ¡Me siento sucia… soy una puta… perdóname!». Gabriela, ebria, murmuró «No fue culpa de nadie… fue… rico…».

El esposo, rojo de ira, dio un paso adelante. Agarró a Joel por el cuello de la camisa: «¡Tú, hijo mío! ¡¿Cómo pudiste?! ¡Con tu tía y tu mamá!». Joel balbuceó: «Papá… fue… no sé…». El esposo lo soltó con asco, miró a Marcos: «Y tú, cabrón… sal de mi casa antes de que te mate». Marcos se levantó temblando, se subió los pantalones y salió corriendo sin decir nada.

Luego miró a las dos hermanas, todavía en el piso, llenas de semen. «Clarisa… Gabriela… no sé qué decir. Esto es… imperdonable». Clarisa lloraba más fuerte: «¡Perdóname! ¡Soy una sucia traidora! ¡No sé cómo pasó!». El esposo, con la voz rota por la furia y el dolor, dijo: «No sé si puedo perdonar esto… pero no quiero escándalo con los niños. Vístanse y salgan como si nada. Mañana hablamos. Y tú, Gabriela… no vuelvas a esta casa nunca».

Gabriela, ebria y con lágrimas, murmuró: «Lo siento…». Clarisa se levantó, se arregló la ropa con manos temblorosas, el semen todavía goteando por sus piernas, y salió llorando. Gabriela la siguió, sintiéndose sucia y vacía.

La familia en la mesa fingió que no había pasado nada, pero el silencio era ensordecedor. El Año Nuevo empezó con gemidos prohibidos y terminó en lágrimas y culpa.

FIN

Holaaa soy Tania!!… espero que esta segunda parte te haya puesto como loco, con todo el drama del esposo escuchando, apagando la música, la familia oyendo los orgasmos, él golpeando la puerta, Clarisa llorando y sintiéndose sucia, y el final con furia y consecuencias. ¿Te jalaste imaginando el caos? Cuéntame abajo si te corriste rico, amor. ¿Quieres una parte 3? Besos calientes. 🔥

2 comentarios en «Se cogieron a su tía desesperada en la cena familiar de Año Nuevo – Continuación»

Deja un comentario