Dos amigas y el entrenador


Relato erótico: Dos amigas y el entrenador

Sofía y Valeria tenían veinte años y se conocían desde los catorce. Crecieron en el mismo barrio de la ciudad, compartieron escuela, secretos, borracheras y hasta el primer cigarro. Sofía era la más impulsiva: morena de piel bronceada, cabello negro largo y liso que siempre le caía sobre la espalda, caderas anchas, un culo redondo y firme que se marcaba bajo cualquier leggin y unas tetas medianas pero pesadas que le pesaban cuando corría. Valeria era un poco más reservada por fuera, pero por dentro igual de puta: piel clara, cabello castaño ondulado hasta los hombros, pechos firmes y altos, cintura estrecha y unas piernas largas y tonificadas de tanto hacer sentadillas. Las dos entrenaban juntas casi todos los días en el mismo gimnasio del centro comercial. Era su ritual sagrado: se cambiaban en el mismo casillero, se criticaban el culo en el espejo, se contaban con quién se habían acostado la semana anterior y, sobre todo, se confesaban cuánto les ponía el entrenador.

Diego tenía treinta y dos años. Era el dueño del área de pesas y el instructor de los grupos avanzados. Hombros anchos, pecho marcado, brazos gruesos, voz grave y una verga que se notaba incluso cuando llevaba pantalones deportivos holgados. Las dos lo habían mirado durante meses. Sofía le decía a Valeria en el vestidor: “Me lo imagino clavándome esa verga contra el espejo mientras tú me chupas el clítoris”. Valeria se reía nerviosa y le contestaba: “Cállate… ni se te ocurra. Yo no soy de esas cosas”. Pero por dentro se le mojaba igual.

Ese viernes el gimnasio estaba casi vacío. Solo quedaban ellas dos y Diego, que cerraba el área de pesas. Sofía terminó su última serie de sentadillas y se quedó apoyada en la barra, respirando agitada. El sudor le brillaba en el escote. Valeria se acercó y le susurró:

—Ya vámonos… se está haciendo tarde.

Pero Sofía no escuchó. Miró a Diego de reojo y le dijo en voz baja:

—Quédate un rato más. Quiero ver si se anima.

Valeria frunció el ceño.

—No seas loca. Yo no voy a hacer nada con él. Además… ni siquiera sé si le gustamos.

Diego se dio cuenta de que lo miraban. Sonrió de lado, se acercó y dijo con voz baja:

—Si quieren quedarse un rato más, cierro la puerta principal. Nadie más va a entrar.

Sofía contestó de inmediato:

—Quédate.

Valeria se quedó paralizada. Le tiró del brazo a su amiga y le susurró con urgencia:

—¿Estás loca? Yo no quiero. Vámonos, por favor…

Pero Sofía ya estaba mirando la entrepierna de Diego. El entrenador se dio cuenta. Sin decir nada, se bajó un poco los pantalones deportivos y sacó la verga. Era enorme. Larga, gruesa, pesada, con las venas marcadas y la cabeza ya medio hinchada. Colgaba semi-erecta y se veía aún más grande de cerca.

Valeria se quedó con la boca abierta.

—Puta… —susurró Sofía, sin poder apartar la vista—. Mírala bien, Vale… es una bestia.

Valeria tragó saliva. Quiso mirar para otro lado, pero no pudo. La verga de Diego era más grande que cualquiera que hubiera visto en persona. Se le puso la boca seca y, al mismo tiempo, sintió cómo se le humedecía el calzón.

—Sofía… no… —intentó protestar, pero la voz le salió débil.

Sofía se arrodilló frente a Diego sin pedir permiso. Tomó la verga con las dos manos y la lamió desde la base hasta la punta. Después se la metió en la boca y empezó a chuparla con ganas. Diego gruñó y le puso una mano en la cabeza.

Valeria se quedó de pie, temblando. Quería irse. Quería decir que no. Pero no podía dejar de mirar cómo la polla enorme desaparecía dentro de la boca de su amiga. Sofía la sacó, la sostuvo con la mano y se la ofreció a Valeria.

—Ven… solo tócala. No tienes que hacer nada más si no quieres.

Valeria dio un paso atrás.

—No… yo no…

Pero Sofía insistió, con voz suave y sucia:

—Solo acércate. Mírala de cerca. Está caliente… y dura. Ven.

Valeria se acercó poco a poco, como hipnotizada. Sofía tomó la mano de su amiga y la puso sobre la verga. Valeria sintió el calor, el peso, las venas latiendo bajo la piel. Tragó saliva otra vez.

—Está… enorme —susurró.

Sofía sonrió y empezó a mover la mano de Valeria arriba y abajo.

—Sí… y se va a poner más grande. Chúpala un poco. Solo la punta. Por mí.

Valeria se arrodilló al lado de su amiga. El corazón le latía tan fuerte que le dolía el pecho. Acercó la cara, sacó la lengua y lamió la cabeza hinchada. El sabor salado la hizo cerrar los ojos. Sofía la animó:

—Así… ahora ábrela más. Métetela un poco.

Valeria abrió la boca y tomó solo la punta. Era tan gruesa que le estiró los labios. Gimió bajito. Sofía se puso detrás de ella, le bajó el top deportivo y le empezó a tocar las tetas mientras le susurraba al oído:

—Ves… no es tan malo. Chúpala más. Quiero ver cómo te la metes entera.

Poco a poco, Valeria fue bajando más. La verga le llenaba la boca. Empezó a mover la cabeza, primero con miedo, después con más ganas. Diego gruñó de placer y le acarició el cabello.

—Buena chica… —dijo él.

Sofía se quitó el leggin y el calzón, se sentó en el banco y se abrió de piernas frente a ellos.

—Ven, Vale… ahora te toca a ti. Quiero que te la meta.

Valeria sacó la verga de la boca, con un hilo de saliva colgando de la comisura. Estaba sonrojada, con los ojos brillantes y el pecho subiendo y bajando rápido.

—Sofía… no sé si…

—Sí sabes —la interrumpió su amiga—. Te estás empapando. Te lo noto desde aquí. Acuéstate.

Valeria se dejó llevar. Se acostó en el banco. Sofía le bajó el leggin y el calzón empapado. El coño de Valeria estaba hinchado y brillante. Diego se colocó entre sus piernas, frotó la cabeza de su verga contra el clítoris y después la empujó dentro de un solo golpe.

Valeria gritó. La verga era demasiado gruesa. Le abrió las paredes de golpe. Sofía se inclinó y le tapó la boca con un beso mientras Diego empezaba a follarla con embestidas profundas y lentas.

—Respira… —le susurró Sofía—. Déjalo que te la meta toda. Se siente rico, ¿verdad?

Valeria solo pudo asentir, con los ojos entrecerrados. El dolor se convirtió rápido en placer. Empezó a mover las caderas al ritmo de Diego. Sofía se subió al banco, se puso a horcajadas sobre la cara de Valeria y se sentó en su boca.

—Chúpame mientras te la clava —ordenó.

Valeria obedeció. Lamió el coño de su amiga mientras la verga enorme del entrenador la llenaba una y otra vez. Los gemidos de las dos se mezclaban. Diego las miraba con los ojos oscuros, follando a Valeria cada vez más fuerte.

Después se turnaron. Sofía se montó de espaldas sobre la verga de Diego y Valeria se puso a chuparle el clítoris a su amiga mientras la penetraban. Luego las pusieron a las dos en cuatro, una al lado de la otra. Diego se las cogió alternando: tres embestidas a Sofía, tres a Valeria. Cada vez que se la clavaba a Valeria, ella gemía más fuerte, ya sin ninguna resistencia.

—Más duro… —pidió Valeria al final, con la voz rota—. Métela más fuerte…

Diego la agarró de las caderas y se la folló sin piedad hasta que se corrió dentro de ella, llenándole el coño de semen caliente. Después se la sacó, todavía dura, y se la metió a Sofía hasta corrérsele también adentro.

Las tres se quedaron jadeando sobre las colchonetas. Valeria tenía las piernas temblando y el semen le bajaba por el muslo. Sofía se le acercó, le limpió un poco con los dedos y se los metió en la boca.

—¿Ves? —le dijo en voz baja—. Te dije que valía la pena.

Valeria, todavía con la respiración agitada, miró la verga semidura de Diego y después a su amiga. Por primera vez en la noche, sonrió de verdad.

—El viernes que viene… —susurró— quiero que me la meta por atrás también.

Diego se rió bajito, se subió los pantalones y dijo:

—El viernes cierro otra vez. Y esta vez no me voy a contener.

Se vistieron en silencio. Salieron por la puerta trasera. En el auto, Valeria se quedó callada un rato, mirando por la ventana. Después, sin avisar, metió la mano entre las piernas de Sofía y le dijo al oído:

—Todavía lo siento dentro… y me arde rico.

Sofía sonrió y aceleró.

—Entonces el viernes no nos ponemos calzones.

Cuando llegaron a casa de Sofía, se metieron juntas a la ducha. Se lavaron el semen de entre las piernas, se besaron bajo el agua caliente y se tocaron otra vez hasta corrirse. Esa noche, Valeria se acostó pensando en la verga enorme del entrenador y en cómo, al principio, solo había querido irse… y terminó pidiendo que se la metiera más fuerte.

Y desde ese viernes, el gimnasio ya no volvió a ser solo un lugar para entrenar.


Fin.

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